Anoche soñé un mundo repleto de personas que caminaban con un palo clavado en la cabeza. En la punta, a un palmo y medio de la nariz, les colgaba una zanahoria. Miles de zanahorias balanceándose hacia una boca que no llegaban a rozar, cruzando calles y parques, mirando escaparates que les reflejaban ridículos e iguales. Algunos caminantes de zanahorias se detenían para conversar entre ellos o para hablar a gritos a través de sus móviles naranjas con forma de zanahoria. Los hombres del palo parecían incansables es su esfuerzo titánico e inútil de comerse la zanahoria. Muchos corrían como bobos sin darse cuenta de que la zanahoria corría a su misma velocidad un palmo y medio delante de sus caras. Siempre nos empeñamos en perseguir objetivos que no vamos a conseguir, objetivos inducidos desde la cuna: tienes que ser mejor que yo. La sociedad, el aire que respiramos, el sentido del deber, el de culpabilidad o una sensación de estar vigilados por un invisible que juzga y emite sentencias nos fuerzan a creernos el cuento de que todo se consigue con esfuerzo y que los buenos siempre ganan. Todos corren, nadie pregunta. Es el juego: la gallinita ciega (con zanahoria, claro).
viernes, 21 de enero de 2011
La gallinita ciega
Anoche soñé un mundo repleto de personas que caminaban con un palo clavado en la cabeza. En la punta, a un palmo y medio de la nariz, les colgaba una zanahoria. Miles de zanahorias balanceándose hacia una boca que no llegaban a rozar, cruzando calles y parques, mirando escaparates que les reflejaban ridículos e iguales. Algunos caminantes de zanahorias se detenían para conversar entre ellos o para hablar a gritos a través de sus móviles naranjas con forma de zanahoria. Los hombres del palo parecían incansables es su esfuerzo titánico e inútil de comerse la zanahoria. Muchos corrían como bobos sin darse cuenta de que la zanahoria corría a su misma velocidad un palmo y medio delante de sus caras. Siempre nos empeñamos en perseguir objetivos que no vamos a conseguir, objetivos inducidos desde la cuna: tienes que ser mejor que yo. La sociedad, el aire que respiramos, el sentido del deber, el de culpabilidad o una sensación de estar vigilados por un invisible que juzga y emite sentencias nos fuerzan a creernos el cuento de que todo se consigue con esfuerzo y que los buenos siempre ganan. Todos corren, nadie pregunta. Es el juego: la gallinita ciega (con zanahoria, claro).
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