
Me encantan las librerías pequeñas, donde se pueden respirar las descripciones y los diálogos sin interrupciones. Me gusta husmear en la mesa de novedades y en las otras menos actuales, y comprobar con qué libro duerme cada uno. De noche, cuando los libreros se marchan a casa, los libros se despiertan e intercambian metáforas y aventuras. Una buena novela al lado de un libro menor puede terminar en desastre. Las erratas son huellas de los infartos que producen las malas conversaciones. Cuando me dispongo a comprar un libro lo respiro y él es el que decide, a través de sus olores, si se quiere venir conmigo. Así compro, por piel. Toco y me dejo llevar. Así vivo, con las manos fuera de los bolsillos.
No hay que comprar libros en lugares que maltraten a los libros y a los clientes. No son principios lo que me mueve, sino el respeto a las palabras y a los silencios que habitan en cada obra literaria.
Me ha recordado a una librería en la que entré en Brujas. Tenía varias plantas, y los libros se amontonaban (sin violencia) por diferentes habitaciones sin un orden aparente. La guía advertía -y comprobé que la señora presumía de ello- que la librera sabía perfectamente la ubicación de cada obra. Dentro del caos había un orden. Un orden demasiado maravilloso para que un caminante idiota como yo pudiera entenderlo.
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